Un hombre se escapa del bullicio de una elegante fiesta a fumarse un cigarrillo en el balcón. Está en el último piso, toma del pico de una pequeña botella de cerveza, da una pitada pensativo, con la mirada en las luces que destellan en la noche porteña. Pero una torpeza en un movimiento desata una tragedia en la calle. El hombre que hacía minutos había estado exaltando los buenos valores y solidaridad de los argentinos en una charla con amigos, en la que sostuvo con pena “no entiendo cómo no podemos salir adelante como país”, reacciona de una forma completamente opuesta a todo lo que había dicho.
La diferencia que existe entre el dicho y el hecho en la película Homo Argentum puede abarcar un larguísimo trecho. El primer personaje que interpreta Guillermo Francella en “Aquí no ha pasado nada”, el primer corto de los de 16 que conforman la exitosa película de Mariano Cohn y Gastón Duprat, señala ese abismo. La dualidad. El contraste. La contradicción. La pantalla pone de frente a ese hombre que en lugar de responsabilizarse y solidarizarse con el caos que ha generado cierra el grueso vidriado y vuelve a su mundo como si nada, absolutamente nada, hubiese sucedido. Una actitud que remite al “Yo, argentino”, una expresión que forma parte de nuestra historia hace más de un siglo.
“El argentino le pasa el trapo a cualquiera”
Ezeiza como la única salida de los jóvenes es un tema que la película Homo Argentum trata al menos en dos cortos, todos protagonizados por un camaleónico Guillermo Francella, en la piel de diferentes personajes de este filme que bate récords de audiencia. Superó el millón de espectadores a los 11 días de su estreno en las salas de cine, cifra que la consagra como uno de los mejores estrenos del cine nacional de todos los tiempos.
En “Aquí no ha pasado nada” el tema es tratado en profundidad y donde se expone la dureza de la emigración de los jóvenes argentinos, el destierro, sin distinción de clase social.
La fiesta podría transcurrir en un edificio que podría ser Palermo, Recoleta o Puerto Madero, donde un grupo de amigos de clase media alta conversa animadamente con las notas de un piano de fondo sobre la partida a Madrid en busca de oportunidades de la hija de uno de ellos. Se trata de Lola, de apenas 20 años, que se había ido días antes sin siquiera una oferta de trabajo.
Con un pañuelo en la solapa, anteojos y barba prolija, el personaje de Francella podría ser un empresario o un intelectual. Poco se sabe sobre su vida, solo que pertenece a una clase acomodada por su vestimenta, modales y propiedad al hablar. Pero por sobre todo, es un hombre orgullosamente argentino, que tiene conocimientos de historia, sabe exactamente cuántos millones de españoles e italianos llegaron a la Argentina escapando de la pobreza y se muestra indignado cuando escucha que en esos países no se les dispensa un trato de reciprocidad. Porque a los argentinos “les hacen mil problemas con los papeles aunque sea para trabajar de mozo o de niñera”, se lamenta una de sus amistades.
— “Eso está muy mal, porque los españoles se olvidan que acá recibimos a 3 millones de españoles que venían de la guerra y del hambre”, enfatiza el personaje de Francella.
— Italianos también, le responden.
— Italianos más. 4 millones, precisa.
Esa indignación no es casual. Los datos reproducidos son exactos. Hasta 1869 el país contaba solo con 2 millones de habitantes. Entre mediados del siglo XIX y 1930 seis millones de extranjeros ingresaron a la Argentina. Sin calcular los que llegaron en 1950. Expulsados de sus lugares de origen por problemas fundamentalmente económicos, llegaron a la Argentina atraídos por las posibilidades de trabajo y con expectativas de rápido progreso, según el texto de Elena Marcaida, Alejandra Rodríguez y Mabel Scaltritti Los cambios en el Estado y la Sociedad Argentina (1880-1930). Eran los tiempos en que la Argentina era llamada el “granero del mundo” (el país ocupaba los primeros lugares en las exportaciones mundiales de cereales, lino, lana y carne) y durante décadas contó con ingresos extraordinarios.
Del dicho al hecho
Frente a la problemática de la “huida” de los jóvenes y por qué este país no tiene solución, el protagonista rescata las grandes cualidades que hacen a un “homo argentum”. “Individualmente el argentino le pasa el trapo a cualquiera. Parece una frase hecha, pero no… es verdad. El argentino solo, como un individuo, siempre se destaca. Es creativo, soluciona cualquier problema con nada, es familiero. Somos solidarios, tenemos valores”, afirma.
Pero del dicho al hecho, la realidad es otra. “La solidaridad es uno de los valores que más nos enorgullece como argentinos. Tres de cada cuatro personas dicen sentirse solidarias, y la ubican, junto con la familia y la amistad, entre los pilares de nuestra identidad social. Pero los datos nos muestran una realidad más compleja: Argentina ocupa el puesto 93 de 142 países en el World Giving Index 2024, bastante por debajo de la imagen que tenemos de nosotros mismos”, explica Constanza Cilley, directora ejecutiva de la investigadora de mercado Voices! que desde 2022 presenta un informe que mide el comportamiento solidario junto con el Centro de Innovación Social de la Universidad de San Andrés y Qendar.
El origen de “Yo, Argentino”
“Yo, argentino”, dice la frase, cada vez menos escuchada, pero aun viva. Esa expresión que busca automáticamente desligarse de una situación, viene de larga data. Más de un siglo. Volvemos a los años en que la Argentina era un país muy próspero y la aristocracia viajaba a Europa, especialmente a Francia con todo lo necesario para pasar largas temporadas.
El historiador Daniel Balmaceda, autor de Historias inesperadas de la historia argentina, entre otras tantas obras, detalla el momento histórico en que los argentinos se escudaban con su pasaporte. “Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, miles de argentinos que residían en Europa abandonaron sin demora las grandes capitales. Buscaron refugio en ciudades balnearias como Biarritz o Deauville, donde intentaban continuar su vida fastuosa lejos de los cañones. Aunque la Argentina se había declarado neutral, esa condición no los libraba de sobresaltos. En cada frontera, o incluso en los trayectos entre dos ciudades del mismo país, los militares los detenían para revisar documentos y pertenencias. Por eso el pasaporte debía estar siempre a mano. En esas circunstancias, se volvió habitual la escena: apenas aparecía un piquete armado, el argentino levantaba su pasaporte y exclamaba con orgullo y alivio: “¿Yo? ¡Argentino!”, narra Balmaceda. Y agrega: “La expresión sobrevivió al tiempo. Desde entonces, cada vez que alguien se desentiende de un conflicto, cualquiera que sea, recurre a esa fórmula que todavía nos define: el problema es de los otros; nosotros, ¡argentinos!«
En la página 344, el filólogo y periodista argentino Héctor Zimmerman en su libro Tres mil historias de frases y palabras que decimos a cada rato también abonó esta teoría sobre el origen del “¿Yo? ¡Argentino!”
Al estallar la guerra de 1914 era presidente Roque Sáenz Peña, quien proclamó la neutralidad de nuestro país. Al sucederlo dos años después Hipólito Yrigoyen continuó con esa política y la sostuvo con mayor rigor. Eran tiempos en que muchos miembros de la alta sociedad argentina, artistas y escritores, acostumbran a pasar largas temporadas recorriendo Europa. La guerra los sorprendió allí sin que muchos se arriesgaran a cruzar nuevamente el Atlántico. Ante cualquier dificultad que se les presentaba con las autoridades de los bandos en pugna esos “anclados” forzosos, exhibían el pasaporte acompañado por la frase “Yo, argentino”. La expresión fue motivo de chistes y monólogos en nuestros teatros de revistas. Y, pasada la guerra, quedó como declaración de prescindencia. Cuando alguien no quiere verse en una situación capaz de comprometerlo asegura “Yo, argentino”. Una frase que confiere la mejor de las visas para el desentendimiento.
Héctor Zimmerman
Según el periodista Adrián Pignatelli la frase también está muy ligada al movimiento inmigratorio y a las ideas políticas que esos inmigrantes traían, como el socialismo (partido creado en 1896) o el anarquismo, que hizo carne en varios sindicatos de trabajadores que comenzaban a organizarse. “La primera reacción de la elite gobernante local, liberal conservadora, fue de total rechazo a todo lo que pudiera sacar de eje al status quo imperante. La primera reacción fue la famosa Ley Cané (de Residencia) que habilitaba a deportar a inmigrantes que causasen disturbios o que alterasen el orden público. Porque con las nuevas ideas políticas vinieron las marchas y las protestas por mejoras laborales, porque hasta ese momento el obrero estaba totalmente desprotegido. En 1907 el gobierno creó el Departamento Nacional de Trabajo. Muchos de esos inmigrantes eran judíos, y ya en el país había un marcado antisemitismo, exacerbado por organizaciones de ultraderecha como la Liga Patriótica, conformada por civiles. Cuando en enero de 1919 estalló la Semana Trágica (reclamo de trabajadores de la fábrica Vasena) que terminó en una violenta represión policial y militar, grupos de ultraderecha aprovecharon para recorrer el barrio de Once y agredir a judíos: muchos de ellos, cuando eran golpeados o cuando les tiraban de sus largas barbas, gritaban ‘Yo, argentino’, queriendo decir que habían tomado la nacionalidad argentina».
Palermitanos contradictorios
Para el sociólogo Roberto Gargarella el protagonista del “Aquí no pasa nada” no representaría al argentino, ni tampoco el resto de los personajes de “Homo Argentum”. “Es difícil llegar a una conclusión semejante (la existencia de un ‘ser’ prototípicamente de este país, como de cualquier otro) en contextos de sociedades tan diversas y multiculturales como las nuestras“, señala. En el caso de la película, el problema se agrava porque, además, los rasgos que el film tiende a destacar en sus viñetas parecen responder, más bien, a ciertas modalidades propias ya no de un argentino, y ni siquiera de un porteño, sino -en el mejor de los casos- de ciertos personajes (llamémosles así) “palermitanos”, esto es decir, personas que podríamos caracterizar como profesionales, de un nivel socio-económico alto o medio-alto, con cierta formación cultural, y rodeados de demandas y expectativas sociales múltiples y contradictorias, tal vez más propias de ambientes urbanos, de nivel alto y relaciones sociales complejas. Ese hombre, de buen pasar, que posiblemente se psicoanaliza, que tiene una formación cultural más cercana a la izquierda política, pero niveles de consumo y pautas de comportamiento y socialización más asociadas a la derecha política, parece ser el centro de las preocupaciones y burlas de los autores de la película».
La Bersuit Vergarabat incluyó la expresión “Yo, Argentino” en la canción “La Argentinidad al palo”, del álbum que lleva su nombre y cuyo video fue producido por Jorge Lanata. La letra describe esa contradicción.
“Yo Argentino.
Yo argentino, como el tiro en el corazón de Favaloro. Del éxtasis a la agonía oscila nuestro historial. Podemos ser lo mejor. O también lo peor. Con la misma facilidad».